Menú digital en la TV
de tu bar o restaurante
El camarero cambia el plato del día desde la barra. La camarera ajusta el precio del menú en cuanto la cocina avisa. La pantalla se actualiza sola, sin imprenta, sin instalador. Funciona en cualquier Smart TV.
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Carta impresa vs
menú digital en TV
Carta impresa
- Coste de imprenta en cada actualización
- No se puede cambiar en tiempo real
- Sin programación horaria
- Imagen estática, sin vídeo
- Se deteriora con el uso
Menú digital con Digisini
- ✓ Actualiza precios y platos en segundos
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Sube tu menú y programa por horario
Sube fotos de tus platos, escribe precios y alérgenos. Programa desayuno, comida y cena automáticamente.
Funciona en
cualquier pantalla
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Una carta en pantalla sigue siendo una carta
con todo lo que eso obliga
La parte técnica se resuelve en una tarde. Lo que se descubre después es que la carta digital hereda entera la letra pequeña de la de papel, y que un par de cosas se complican precisamente porque ahora cambiarla es fácil.
El menú del día es el caso que justifica la pantalla
Ningún otro país tiene esta costumbre y por eso ninguna guía internacional la contempla: una carta que cambia cada mañana, que hay que imprimir o escribir a mano antes de abrir, y que a la una del mediodía tiene que estar puesta. Es exactamente el trabajo que una pantalla se ahorra, y el ahorro no está en el papel sino en los quince minutos de alguien que ya va justo. Con una plantilla fija y tres campos que se cambian desde el móvil, el menú del día deja de ser una tarea diaria. Y conviene dejar escrito qué incluye el precio —pan, bebida, postre o café— porque es la discusión más frecuente al pedir la cuenta.
Los alérgenos no valen si pasan en la rotación
La información sobre alérgenos tiene que estar disponible para el cliente antes de que pida, y ahí una pantalla que rota juega en contra: si las catorce categorías aparecen en una diapositiva que pasa cada dos minutos, la información no está disponible, está de paso. Las dos salidas que funcionan son tenerlos fijos en una esquina o remitir a un código QR siempre visible, y en los dos casos hace falta que alguien pueda darlos también por escrito si lo piden. Lo que no vale es confiarlo a que la diapositiva correcta esté en pantalla en el momento en que alguien pregunte.
El suplemento de terraza se anuncia antes, no en la cuenta
Cobrar más en terraza es legal y habitual, y lo que no lo es tanto es que el cliente se entere al pagar. El suplemento tiene que estar anunciado, y una pantalla lo resuelve mejor que la carta de papel porque puede decirlo en la entrada, donde la decisión de sentarse fuera aún no está tomada. Lo mismo vale para el mínimo de consumo, el recargo por terraza en fechas señaladas y el precio del cubierto si lo hay. Ninguna de estas cosas ahuyenta a nadie cuando se dice a tiempo; todas generan una mala reseña cuando se dicen tarde.
Cambiar un precio en diez segundos corta por los dos lados
La ventaja evidente es que subes el precio del pulpo cuando sube en la lonja, sin reimprimir nada. El reverso es que el precio expuesto obliga: si la oferta acaba a las siete y la pantalla la sigue mostrando a las siete y cinco, sigue valiendo lo que pone. Por eso la programación horaria en hostelería no es una comodidad sino la parte que te cubre, y por eso conviene que el cambio de franja lo haga el calendario y no la memoria de quien cierra. La pizarra de la puerta tenía la ventaja de que se borraba sola cuando llovía; una pantalla no.
Dos pantallas con dos trabajos distintos
La que se ve desde la calle y la que se ve desde la mesa no pueden mostrar lo mismo. Desde fuera hay un segundo y medio y se decide si entrar: ahí caben el menú del día, el precio y poco más. Desde la mesa hay tiempo y ya se ha entrado: ahí caben la carta entera, las sugerencias y los postres, que es donde de verdad sube el ticket. Poner la carta completa en el escaparate es el error más común, y se nota porque nadie se para a leerla — hay quince platos y una persona que camina.
Lo que la cocina no puede servir no debería estar en pantalla
El problema práctico de una carta que ya no se reimprime es que nadie la actualiza cuando se acaba algo. Con papel había un límite natural: la carta se rehacía cada temporada y de paso se limpiaba. En pantalla puede quedarse un plato tres meses después de que el proveedor dejara de traerlo, y el coste de eso no es la carta sino el camarero explicándolo veinte veces al día. Merece la pena una vuelta corta cada semana con la persona que está en cocina, que es la única que sabe qué ha desaparecido.
El mismo plato cuesta una cosa en tu pantalla
y otra en la aplicación de reparto — y el cliente ve las dos
Casi ningún local pone en las plataformas los mismos precios que en casa, y con razón: la comisión se lleva una parte que hay que recuperar de algún sitio. El problema no es la decisión, es que hoy conviven a la vista. El cliente que espera en la barra tiene tu carta en la pared y la aplicación abierta en la mano, y la diferencia salta sin que nadie la haya buscado. Lo que sigue es una pregunta a quien esté sirviendo, que casi nunca sabe qué contestar porque nadie se lo explicó.
La respuesta honesta es corta y funciona: aquí cuesta esto, y a domicilio cuesta más porque el reparto tiene un coste. Dicha así no molesta a nadie — es exactamente el razonamiento que el cliente ya hace con cualquier otro servicio a domicilio. Lo que sí molesta es la versión balbuceada, o peor, la que insinúa que la aplicación se inventó el precio. Escrita en una línea, la conversación se acaba antes de empezar y además hace un trabajo comercial: recuerda a quien está a punto de pedir por la aplicación que a dos metros lo tiene más barato.
Y hay un segundo desajuste, más frecuente y más caro, que no es de precio sino de existencia. El plato que se quitó de la carta hace un mes sigue en la plataforma porque nadie entró a desactivarlo, o al revés: la novedad lleva dos semanas en la casa y no está dada de alta fuera. La pantalla de la pared es lo único que se actualiza a diario, con lo que se convierte sin querer en el inventario real del negocio — y sirve para lo que nunca se le pidió: cotejar una vez por semana lo que hay dentro con lo que se está ofreciendo fuera.
Es una tarea de tres minutos y casi nadie la tiene asignada. Mirar la pantalla, abrir la aplicación, comparar. Es la clase de comprobación aburrida que no produce nada visible cuando sale bien y que, cuando sale mal, se descubre por un pedido que no se puede servir — con el repartidor esperando y un cliente que ya ha pagado.
Con toda honestidad: nosotros no nos conectamos con las plataformas de reparto ni sincronizamos precios con ellas — la pantalla enseña lo que tú cargas. Lo contamos porque el desajuste existe en casi todos los locales que tienen las dos cosas, y porque la pantalla es el sitio donde antes se nota.
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