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Para bares, restaurantes y cafeterías

Menú digital en la TV
de tu bar o restaurante

El camarero cambia el plato del día desde la barra. La camarera ajusta el precio del menú en cuanto la cocina avisa. La pantalla se actualiza sola, sin imprenta, sin instalador. Funciona en cualquier Smart TV.

Primera pantalla gratis para siempre · Setup en 5 minutos

MENÚ DEL DÍA
12€

Primero · Segundo · Postre

Actualizado desde el móvil

Carta impresa vs
menú digital en TV

Carta impresa

  • Coste de imprenta en cada actualización
  • No se puede cambiar en tiempo real
  • Sin programación horaria
  • Imagen estática, sin vídeo
  • Se deteriora con el uso

Menú digital con Digisini

  • ✓ Actualiza precios y platos en segundos
  • ✓ Desde el móvil, sin técnico
  • ✓ Programación por horario automática
  • ✓ Imágenes y vídeos en alta resolución
  • ✓ Desde 9€/mes

Pon tu menú en la TV
en 3 pasos

01

Conecta tu TV al panel

Abre el navegador de tu Smart TV, Android TV o Fire Stick. Ve a player.digisini.com. Aparece un PIN de 6 dígitos en pantalla.

02

Introduce el PIN en tu cuenta

En tu panel de Digisini (móvil o PC) introduces el PIN. La pantalla queda vinculada en segundos.

03

Sube tu menú y programa por horario

Sube fotos de tus platos, escribe precios y alérgenos. Programa desayuno, comida y cena automáticamente.

Funciona en
cualquier pantalla

No necesitas hardware especial. Si la TV tiene navegador, Digisini funciona.

Smart TV

Samsung, LG, Sony, Philips con Chrome o Firefox incorporado. Sin instalar nada.

Android TV

Android TV, Google TV, cajas Android. La opción más estable para uso continuado.

Amazon Fire Stick

Fire Stick 4K y 4K Max. Navegador Silk preinstalado. Lista en 5 minutos.

Chromecast

Chromecast con Google TV. Compatible con cualquier TV que tenga HDMI.

Desde
9€ al mes

Plan gratuito con 1 pantalla. Starter a 9€/mes es el más elegido por bares: 1 pantalla sin marca de agua, actualizaciones ilimitadas.

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Sin tarjeta · Cancela cuando quieras · Ver todos los planes

Una carta en pantalla sigue siendo una carta
con todo lo que eso obliga

La parte técnica se resuelve en una tarde. Lo que se descubre después es que la carta digital hereda entera la letra pequeña de la de papel, y que un par de cosas se complican precisamente porque ahora cambiarla es fácil.

El menú del día es el caso que justifica la pantalla

Ningún otro país tiene esta costumbre y por eso ninguna guía internacional la contempla: una carta que cambia cada mañana, que hay que imprimir o escribir a mano antes de abrir, y que a la una del mediodía tiene que estar puesta. Es exactamente el trabajo que una pantalla se ahorra, y el ahorro no está en el papel sino en los quince minutos de alguien que ya va justo. Con una plantilla fija y tres campos que se cambian desde el móvil, el menú del día deja de ser una tarea diaria. Y conviene dejar escrito qué incluye el precio —pan, bebida, postre o café— porque es la discusión más frecuente al pedir la cuenta.

Los alérgenos no valen si pasan en la rotación

La información sobre alérgenos tiene que estar disponible para el cliente antes de que pida, y ahí una pantalla que rota juega en contra: si las catorce categorías aparecen en una diapositiva que pasa cada dos minutos, la información no está disponible, está de paso. Las dos salidas que funcionan son tenerlos fijos en una esquina o remitir a un código QR siempre visible, y en los dos casos hace falta que alguien pueda darlos también por escrito si lo piden. Lo que no vale es confiarlo a que la diapositiva correcta esté en pantalla en el momento en que alguien pregunte.

El suplemento de terraza se anuncia antes, no en la cuenta

Cobrar más en terraza es legal y habitual, y lo que no lo es tanto es que el cliente se entere al pagar. El suplemento tiene que estar anunciado, y una pantalla lo resuelve mejor que la carta de papel porque puede decirlo en la entrada, donde la decisión de sentarse fuera aún no está tomada. Lo mismo vale para el mínimo de consumo, el recargo por terraza en fechas señaladas y el precio del cubierto si lo hay. Ninguna de estas cosas ahuyenta a nadie cuando se dice a tiempo; todas generan una mala reseña cuando se dicen tarde.

Cambiar un precio en diez segundos corta por los dos lados

La ventaja evidente es que subes el precio del pulpo cuando sube en la lonja, sin reimprimir nada. El reverso es que el precio expuesto obliga: si la oferta acaba a las siete y la pantalla la sigue mostrando a las siete y cinco, sigue valiendo lo que pone. Por eso la programación horaria en hostelería no es una comodidad sino la parte que te cubre, y por eso conviene que el cambio de franja lo haga el calendario y no la memoria de quien cierra. La pizarra de la puerta tenía la ventaja de que se borraba sola cuando llovía; una pantalla no.

Dos pantallas con dos trabajos distintos

La que se ve desde la calle y la que se ve desde la mesa no pueden mostrar lo mismo. Desde fuera hay un segundo y medio y se decide si entrar: ahí caben el menú del día, el precio y poco más. Desde la mesa hay tiempo y ya se ha entrado: ahí caben la carta entera, las sugerencias y los postres, que es donde de verdad sube el ticket. Poner la carta completa en el escaparate es el error más común, y se nota porque nadie se para a leerla — hay quince platos y una persona que camina.

Lo que la cocina no puede servir no debería estar en pantalla

El problema práctico de una carta que ya no se reimprime es que nadie la actualiza cuando se acaba algo. Con papel había un límite natural: la carta se rehacía cada temporada y de paso se limpiaba. En pantalla puede quedarse un plato tres meses después de que el proveedor dejara de traerlo, y el coste de eso no es la carta sino el camarero explicándolo veinte veces al día. Merece la pena una vuelta corta cada semana con la persona que está en cocina, que es la única que sabe qué ha desaparecido.

El orden que funciona al montarla: primero la plantilla del menú del día con los campos que cambian, luego los alérgenos en fijo o con QR, luego el suplemento de terraza donde se decide sentarse, y solo al final las sugerencias. Los tres primeros no son marketing y son los que evitan las conversaciones desagradables; el cuarto es el único que sube la cuenta, y funciona mejor cuando los otros tres ya están puestos.

El mismo plato cuesta una cosa en tu pantalla
y otra en la aplicación de reparto — y el cliente ve las dos

Casi ningún local pone en las plataformas los mismos precios que en casa, y con razón: la comisión se lleva una parte que hay que recuperar de algún sitio. El problema no es la decisión, es que hoy conviven a la vista. El cliente que espera en la barra tiene tu carta en la pared y la aplicación abierta en la mano, y la diferencia salta sin que nadie la haya buscado. Lo que sigue es una pregunta a quien esté sirviendo, que casi nunca sabe qué contestar porque nadie se lo explicó.

La respuesta honesta es corta y funciona: aquí cuesta esto, y a domicilio cuesta más porque el reparto tiene un coste. Dicha así no molesta a nadie — es exactamente el razonamiento que el cliente ya hace con cualquier otro servicio a domicilio. Lo que sí molesta es la versión balbuceada, o peor, la que insinúa que la aplicación se inventó el precio. Escrita en una línea, la conversación se acaba antes de empezar y además hace un trabajo comercial: recuerda a quien está a punto de pedir por la aplicación que a dos metros lo tiene más barato.

Y hay un segundo desajuste, más frecuente y más caro, que no es de precio sino de existencia. El plato que se quitó de la carta hace un mes sigue en la plataforma porque nadie entró a desactivarlo, o al revés: la novedad lleva dos semanas en la casa y no está dada de alta fuera. La pantalla de la pared es lo único que se actualiza a diario, con lo que se convierte sin querer en el inventario real del negocio — y sirve para lo que nunca se le pidió: cotejar una vez por semana lo que hay dentro con lo que se está ofreciendo fuera.

Es una tarea de tres minutos y casi nadie la tiene asignada. Mirar la pantalla, abrir la aplicación, comparar. Es la clase de comprobación aburrida que no produce nada visible cuando sale bien y que, cuando sale mal, se descubre por un pedido que no se puede servir — con el repartidor esperando y un cliente que ya ha pagado.

Con toda honestidad: nosotros no nos conectamos con las plataformas de reparto ni sincronizamos precios con ellas — la pantalla enseña lo que tú cargas. Lo contamos porque el desajuste existe en casi todos los locales que tienen las dos cosas, y porque la pantalla es el sitio donde antes se nota.

Preguntas sobre
el menú digital

No. Basta con abrir el navegador que ya viene en tu Smart TV. No hay app que instalar ni hardware especial obligatorio.
Menos de 30 segundos. Editas en el panel desde el móvil, guardas y la TV se actualiza automáticamente. Sin reimprimir cartas ni etiquetas de precio.
Sí. Defines qué playlist se muestra en cada franja horaria y el sistema cambia solo. Ejemplo: menú de desayuno hasta las 12:00, carta de mediodía hasta las 17:00, cena de 20:00 a cierre.
Sí. Si tu TV tiene navegador incorporado funciona directamente. Si es una TV más antigua, un Fire Stick o Chromecast (~30€) la convierte en pantalla digital en 5 minutos.
El player guarda hasta 48 h de carta en caché offline. Si el Wi-Fi se cae a mitad de servicio, la TV sigue mostrando el menú actual sin interrupción. Cuando vuelve la conexión, sincroniza los últimos cambios automáticamente.
Plan gratuito Digisini: 1 pantalla con marca de agua, 0€/mes. Plan Starter: 9€/mes, 1 pantalla sin marca de agua — el más elegido por bares y restaurantes. Ver todos los planes.
Combinación habitual: pantalla TV en pared (Digisini) + QR en cada mesa apuntando a tu carta web. La pantalla cubre barra y entrada; el QR cubre el detalle de mesa (alérgenos, fotos por plato). Ver comparativa QR vs TV.
Esa es la prueba real y sí: entras desde el navegador del móvil, editas la línea y la pantalla se actualiza en segundos, sin aplicación que abrir ni ordenador. La mayoría lo hace mientras la cafetera trabaja. Si tarda más que borrar la pizarra, no lo vas a usar, y por eso el flujo está pensado para eso.
Defines tú las franjas con tus horas, no hay ninguna por defecto que te obligue. Lo habitual aquí es desayuno hasta media mañana, almuerzo hasta pasadas las once, menú de 13:30 a 16:30 y cena a partir de las nueve y media. Se configura una vez y se repite sola cada día, con la opción de que el fin de semana lleve otro horario.
Dentro sí, fuera casi nunca. Un televisor doméstico ronda los 300 nits y al sol directo no se lee; para un espacio exterior el rango útil empieza sobre los 700, además de la protección frente a lluvia y polvo. Antes de gastar, comprueba a qué hora le da el sol: a veces basta con moverla bajo el toldo o girarla.
Es lo recomendable, y no por estética: si van en una caja aparte acaban desfasados el día que cambias el guiso y no cambias la otra. Ponlos en la misma ficha del plato para que uno arrastre al otro. Dicho eso, qué formato concreto se acepta en tu caso lo marca la normativa y quien te inspecciona, así que pregúntalo antes de montarlo.
Sí, y la pantalla lo hace mejor que el papel porque puede anunciarlo en la entrada, donde el cliente aún no ha decidido sentarse fuera. Lo mismo con el mínimo de consumo o el cubierto. Ninguna de estas cosas molesta cuando se dice a tiempo; todas acaban en una mala reseña cuando aparecen en la cuenta.
Es probablemente el caso que mejor la justifica. El ahorro no está en el papel sino en los quince minutos de alguien que cada mañana lo escribe o lo imprime antes de abrir. Con una plantilla fija y tres campos que se cambian desde el móvil deja de ser una tarea diaria, y conviene dejar escrito qué incluye el precio.
Es el error más frecuente. Desde la calle hay un segundo y medio y quince platos no se leen; ahí caben el menú del día y el precio. La carta completa, las sugerencias y los postres funcionan en la pantalla de dentro, donde el cliente ya ha entrado y tiene tiempo — y es ahí donde sube el ticket.

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