Menú QR para tu bar
+ pantalla TV digital
El QR cumple cuando el cliente se sienta a comer. La pantalla TV anuncia cervezas y tapas a todos los que entran. Tu camarero ajusta la happy hour desde el móvil mientras sirve cañas. Sin imprenta, sin reimprimir nada.
Primera pantalla gratis para siempre · Setup en 5 minutos
3€
Lunes a Jueves · 12h - 16h
Solo QR vs
QR + pantalla TV
El QR llega solo a clientes en mesa. La pantalla TV cubre todo el bar — barra incluida.
Solo menú QR
- Llega cuando el cliente ya se sentó
- El cliente saca el móvil para ver la carta
- No anuncia tu happy hour ni promo del día
- No sirve a la barra ni a clientes de paso
- OK para detalle: alérgenos, fotos por plato
QR + pantalla TV con Digisini
- ✓ Carta visible desde la entrada y la barra
- ✓ Cervezas, tapas y precios sin esfuerzo cliente
- ✓ Happy hour programada automática (cambia sola)
- ✓ Subes fotos y vídeos del plato del día
- ✓ Sin imprenta — desde 9€/mes
Para bares con mesas: pantalla TV en pared (Digisini) + QR en cada mesa (genera gratis apuntando a tu web). Lo mejor de las dos.
Tu pantalla en marcha
en 5 minutos
Enchufa el Fire Stick a la TV del bar
Si la TV ya tiene navegador, te lo saltas. Si no, un Fire Stick (~30€) o Chromecast la convierte en pantalla digital.
Vincula desde tu móvil
Abres player.digisini.com en la TV, sale un PIN de 6 dígitos. Lo metes en tu panel desde el móvil. Vinculado en segundos.
Sube tu carta y programa happy hour
Subes fotos de tapas, cervezas y precios. Programas qué se muestra en cada franja: desayuno, comida, happy hour, cena. La pantalla cambia sola.
Funciona en
cualquier pantalla
No necesitas hardware especial. Si la TV tiene navegador, Digisini funciona.
Smart TV
Samsung, LG, Sony, Philips con Chrome o Firefox incorporado. Sin instalar nada.
Android TV
Android TV, Google TV, cajas Android. La opción más estable para uso continuado.
Amazon Fire Stick
Fire Stick 4K y 4K Max. Navegador Silk preinstalado. Lista en 5 minutos.
Chromecast
Chromecast con Google TV. Compatible con cualquier TV que tenga HDMI.
Desde
9€ al mes
Plan gratuito con 1 pantalla. Starter a 9€/mes es el más elegido por bares: 1 pantalla sin marca de agua, actualizaciones ilimitadas.
Sin tarjeta · Cancela cuando quieras · Ver todos los planes
Todo lo que se escribe sobre códigos QR
da por hecho que hay una mesa donde pegarlos
En un bar de barra no la hay. Y los sitios donde acaba pegado —el canto de la barra, un cristal, la máquina de café— tienen cada uno un problema distinto: se moja, se despega, queda a una altura desde la que no se puede enfocar, o está justo donde la gente apoya el codo.
Los sitios que funcionan de verdad son pocos y tienen algo en común: están donde alguien espera, no donde alguien consume.
- La zona de espera antes de llegar a la barra. Ahí la persona no tiene nada que hacer, tiene las dos manos libres y le sobra un minuto. Es el único punto del local donde escanear es cómodo.
- La espalda de la barra, a la altura de los ojos. No en horizontal sobre el mostrador, donde el reflejo del techo lo tapa la mitad del día y donde se apoyan vasos encima.
- La puerta y el escaparate, desde fuera. Es el sitio con más lecturas de todo el local, porque quien está decidiendo si entra tiene motivos para mirar y nadie a quien preguntar.
El material también decide, y es de las pocas cosas de este asunto que se resuelven con dos euros: en una barra todo se moja. Un adhesivo de papel dura semanas, uno plastificado dura años, y un código medio despegado no es un código: es una superficie sucia con un cuadrado impreso.
Y hay una decisión previa que ahorra rehacerlo: el código debe apuntar a una dirección tuya, no a la que genera una herramienta. El adhesivo se queda pegado años; lo que hay detrás cambia varias veces en ese tiempo. Si la dirección es tuya, cambias el destino sin tocar la pegatina.
Antes de imprimir nada, ponte donde se pone el cliente que espera y mira qué tienes delante a la altura de los ojos. Ese sitio es el bueno, y casi nunca es el que se elige mirando el local desde detrás de la barra.
«¿Eso lleva tapa?»
y la respuesta cambia a cien kilómetros de aquí
Es la duda número uno del que no es del pueblo, y casi ningún bar la contesta por escrito. Se responde de viva voz veinte veces al día, siempre por la misma persona, siempre en el peor momento.
Lo que en Granada o en León se da por hecho, en Madrid o en Barcelona no; y el cliente que llega de fuera no sabe si al pedir una caña le van a poner algo, si puede elegirlo o si la tapa se paga aparte. Ninguna de las tres respuestas es mejor que las otras — lo caro es no decirla, porque el que no pregunta se queda con la duda y el que pregunta interrumpe a quien está tirando cervezas.
Una línea encima de las cañas lo cierra: «con tapa a elegir», «tapa de la casa incluida» o «tapas desde 3,50 €». No hace falta más, y es la línea que menos se cambia de toda la pantalla — se escribe una vez y trabaja todos los días.
El otro lío español son los tamaños. Caña, doble, tercio y jarra no significan lo mismo en dos provincias, y tapa, media y ración tampoco: mucha gente pide media pensando en una tapa grande y le llega comida para dos. En pantalla caben los tres precios en una fila —tapa · media · ración— y esa fila evita más devoluciones que cualquier foto.
Y hay una tercera que solo aparece al final: si la terraza tiene otro precio, tiene que estar dicho antes de sentarse, no al cobrar. Es exactamente el mismo problema que la tapa — no molesta la diferencia, molesta enterarse tarde — y se arregla igual, con una línea que ya no hay que repetir en voz alta.
Si la tapa entra o no entra
es la única pregunta que decide en qué bar se sienta la gente
Y casi nunca está escrita. En una ciudad la caña viene con algo, en la de al lado no, y dentro de la misma ciudad depende del bar, de la hora y de si estás en barra o en mesa. Quien llega de fuera —o del barrio de al lado— no lo puede deducir, y elegir mal una vez le basta para no volver a probar.
Decirlo no es rebajarse: es cerrar la comparación en la que ahora mismo pierdes. Si la tapa entra y no lo dices, el cliente compara tu caña con la del bar de enfrente que cuesta veinte céntimos menos y no incluye nada. Si no entra y tampoco lo dices, se sienta esperando algo que no va a llegar y la decepción se la lleva puesta al postre. Es literalmente el mismo esfuerzo escribir una cosa que la otra, y las dos versiones te quitan de encima la conversación en el momento de pagar.
Y hay una segunda familia de palabras que tampoco significa nada por sí sola: ración, media, pincho, tabla. El cliente pide dos raciones para tres personas y le llega comida para seis, o pide media pensando en un plato y le llega un aperitivo. Nadie pregunta cuánto es una ración porque parece una pregunta de guiri, así que se pide a ciegas y luego sobra o falta. Poner al lado el número de piezas o el peso aproximado convierte una apuesta en una decisión, y suele subir el pedido en vez de bajarlo: quien sabe lo que llega se anima a añadir algo más.
Lo tercero, que va con lo anterior y se nota en la caja: qué cambia según dónde te sientes. Barra, mesa, terraza. Si hay diferencia está permitido tenerla y hay que exponerla, y donde se juega no es en la ley sino en el momento: dicho en la puerta es una condición, descubierto en la cuenta es un enfado. La versión que funciona es la más aburrida — tres columnas, mismos productos, tres precios— y se lee de un vistazo.
Todo esto sobra en la carta de la mesa y hace falta en la puerta. Quien ya está sentado ha decidido; quien está en la acera con cuatro bares a la vista está haciendo exactamente estas tres preguntas y no va a entrar a preguntarlas. Es el contenido que más rinde de todo el local, y el que casi siempre se queda dentro de un PDF que solo abre quien ya entró.
Con franqueza: nosotros mostramos lo que escribes y no sabemos qué exige tu ayuntamiento sobre precios y zonas. Lo que hay que tener expuesto lo resuelven tu asociación de hostelería y la normativa local — aquí lo único que sostenemos es que estas tres preguntas se hacen en la acera, que tienen respuesta de una línea, y que en casi ningún bar están escritas donde se deciden.
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